viernes, 25 de junio de 2010

Interruptor


Enciende la luz. Juana tomó entre sus manos un pétalo seco perteneciente a una rosa roja que se encontraba a la mitad del libro que leía, las páginas que lo aguardaban eran las 120 y 359, nunca antes había tratado de leer tan antiguo fajo de hojas, que tan tristemente intentaban esconder su edad, como los viejos que a penas ven blanco alguno de sus cabellos corren por un poco de tinte disimulador, todo con tal de no ser "víctimas" del olvido. Faltaban demasiadas páginas, tantas que sería absurdo continuar leyendo, de qué serviría que tan ocupada mujer en sus asuntos cotidianos se entretuviera por ahí buscando en los objetos viejos los cientos de hojas que completarían la primera novela que se atrevía a leer en su vida. 
Abandonó el libro en el buró inmediato a su cama, se quitó los lentes para vista cansada que alguna vez le pertenecieron a su madre y recorrió descalza el pasillo alfombrado hasta su baño. Abrió la puerta, se desvistió y tomó la toalla rosa con la leyenda “África”, la puso encima del tanque del retrete, nunca supo por qué decía eso, no le interesaba. Cerró la puerta del baño. Abrió la llave del agua caliente por costumbre, eran ya más de dos meses  de líquido frío sobre sí por los gastos que, si no se incrementaban, por lo menos, seguían siendo los mismos. La helada sensación le parecía común, los suspiros que parecen ahogarnos al recibir una cubetada de agua fría no le podían. Talló su cuerpo como de costumbre, comenzó por lavar sus piernas hasta llegar a sus pies, lavo su espalda, su vientre, sus senos firmes, recorrió con el jabón sus brazos morenos y más dorados que cualquier otra parte de su cuerpo, el cuello cubierto por el cabello mojado que esparcía agua por todo el cuerpo. Los ojos cerrados, respetando la costumbre que de niña se le inculcó, cuando el baño era de forma grupal para no desperdiciar agua, y aunque ahora se trataba de agua casi helada, ella seguía desconociendo el porqué de su oscuridad. Cerró la llave del agua, tomó la toalla del tanque y la pasó por su cabello negro; con movimientos circulares apresuraba el proceso de secado, pasados algunos minutos abrió nuevamente la puerta del baño y dejando caer la toalla húmeda. Recorrió desnuda el pasillo hasta su habitación. 
Apresurada comenzó a buscar ropa dentro del armario, dejaba ver su desesperación por verse impecable, y no era para menos: la boda de su hermana mayor comenzaba en 3 horas. El reloj marcaba las 14:00, el libro incompleto que esta mañana encontró le había hecho perder tiempo. Sacó de una bolsa de plástico trasparente un vestido color oro, que ya puesto, y con todos los accesorios de los que se valen algunas personas para hacerse brillar, resaltaba el bronceado perfecto que la caracterizaba. Maquilló su rostro que no exigía más que un poco de labial para la resequedad en sus labios, depiló su ceja, agregó rímel, delineador, sombras, corrector, etc. Para las 15:30 ella estaba lista, hermosa, tan bella que incluso si la naturaleza hubiera podido emitir un juicio habría mostrado su envidia por no ser ella la creadora de tan inmensa beldad. 
Recogió su cabello que, ya seco, mostraba rizos. Colocó un pasador y, de repente, se le vinieron a la mente recuerdos de cuando Marcelo acariciaba su rostro, llegando hasta su cabello, jugando tiernamente con él y ella en silencio agradeciendo lo bien que se sentía. Ahora frente al espejo se preguntaba "¿Qué diría él al verme así? ¿Sabrá de lo linda que me he puesto? ¿Pensará que desde su partida estoy mucho mejor?". Ideas que van y no regresan, que no encuentran pared que les haga frente.



Juana subió al auto aparcado a las afueras de los edificios azules donde se encontraba su departamento, un tsuru modelo 1992, color blanco. La tarde mostraba señales de una fuerte lluvia, el cielo ya gris hacía que el viento comenzara a enfriarse. El tráfico extrañamente fluido la hizo llegar en tiempo casi perfecto a la iglesia donde ya se veía gente reunida. Estacionó el auto en una avenida cercana y se encaminó hacia las puertas del recinto. Los tacones le hacían temblar un poco las rodillas, bastante tiempo sin usarlos es quizá la justificación de ese ligero titubeo al caminar que sólo quien ha sufrido de las consecuencias de las zapatillas sabe identificar. Su paso ahora era más lento por sentirse tranquila. 
-¡Mamá!- Se oyó una voz que gritaba y que aumentaba de intensidad -¡Mamá! Viniste.
Juana volteo y pudo ver correr a su hija que se le venía en brazos: una joven de aproximadamente 17 años, tan hermosa como la madre, pero con ojos grises que esta tarde combinaban con el cielo. 
–Abuela Ximena juraba que no venias hoy, yo le dije que no podías perderte la boda de tu hermana pero ya sabes cómo son los ancianos.
La entusiasmada hija no dejaba de hablarle mientras se dirigían a la puertas de la iglesia; alrededor de ellas la gente pasaba apresurada, con sus mejores trajes, mostrando elegancia inaudita y tolerancia poco común. Madre e hija de la mano, ahora de la misma altura, con igual belleza radiante y con un corazón dominado por la misma persona.
 –Ha llegado papá, me imagino que no querrás verle ¿Cierto?- 
Recién terminaban de salir las palabras de la boca de la hija cuando una mano alcanzó el hombro de Juana, no había duda, era él, Marcelo. 
–Hermosas damas, ¿puedo acompañarlas?- dijo mientras tomaba de la mano a su ex esposa Juana y a su hija. 
Caminaron hasta la iglesia. El novio esperaba paciente y el sudor en su cara hacia creer que algo no andaba tan bien. Minutos más tarde la novia llegó, un vestido blanco de los que la gente llama sencillos, simplemente por no contener tradición. La pobre de Juana sentía que moría, cómo era posible que después de tres años de no verle la cara a Marcelo, desde aquellos tramites bochornosos del divorcio, ella siguiera sintiendo cierta atracción por él. El otro, de manera extraordinaria observaba la ceremonia, se atormentaba con los recuerdos, es verdad que ya no sentía más por Juana, pero es difícil olvidar lo que en muchas ocasiones  sirvió para salir adelante. Agradecimiento no es lo mismo que amor. Y no vale la pena hablar de los recuerdos, que siempre intentan mostrarnos lo magnifico del pasado, lamentablemente no hablamos el mismo idioma y malinterpretamos sus buenas intenciones.



Terminada la ceremonia religiosa la gente comenzó a salir apresurada con las manos llenas de montoncitos de arroz que arrojarían a los amantes. Juana se adelantó un poco más, salió incluso antes de que la ceremonia terminara, sus ojos lubricados en exceso. Volvió hasta la avenida donde había dejado el auto, se recargó durante algunos instantes en la cajuela, después subió a él. Las lágrimas no esperaron más, desde hace ya gran tiempo se venían anunciando, como aquellos días en los que el circo viene a la ciudad y pasa con pequeñas muestras de lo que se verá en el espectáculo; sabes que está ahí, sabes que no debes perdértelo y un buen día ya estás dentro: comiendo palomitas y muriendo de risa por los payasos sabios. "No sé cómo he llegado hasta aquí", se reclamaba Juana como si alguien dentro del auto pudiera escucharle y brindarle la respuesta a sus conflictos. 
"La vida me ha jugado mal, lo di todo para ver crecer a mi hija dentro de una familia completa, feliz. Yo, que lo sacrifiqué todo. Dios no se equivoca, pero quisiera saber porque se ha olvidado de mí, no le siento, nada puedo hacer para que regresen los días en los que la vida era sencilla, sin problemáticas que agobiaran en todo momento mi mente. Es verdad que no soy perfecta, a imagen y semejanza del Señor no soy". Más lagrimas corrían rápidamente por su rostro, la lluvia había comenzado a caer de manera tranquila y a lo lejos se veía la figura de un hombre que cruzaba la avenida. La lluvia creció y el parabrisas ahora era un espejo humeante de las lagrimas de Juana. Ella siguió hablando consigo: "Tantas veces he tratado de reemplazarle, hacerle creer que he encontrado al que verdaderamente es el amor de mi vida, pero me encuentro con más pendejos que juzgan por la apariencia, que no buscan otra cosa que no sea sexo y luego te votan con excusas tontas. La verdad es que no se atreven con una mujer como yo. Creen que el hecho de haber estado casada anteriormente me quita cierta chispa que a ellos les hace ser plenos: ideas ignorantes". Hay que saber de la rabia que le invadía para comprender sus palabras, pues no es más ignorante el que sabe menos, sino el que se arriesga a conocer más. 
La lluvia cesó. "Quisiera ponerme un letrero en la frente que diga 'Soy divorciada y tengo una hija. Si te gusta pregunta mi nombre y si no puedes meterte el dedo en el culo'". Ya se los advertía, palabras que juegan para llegar a su meta a como dé lugar. Terminaba de decir esto cuando alguien tocó al vidrio de su puerta, del lado del conductor, donde ella estaba sentada. 
–Mamá ¿Vienes? Dijo papá que él nos llevaría. Vamos, aprovechemos para que la familia este junta una vez más. 
Seguramente la pobre hija no se imaginaba los tormentos de la madre, que, afligida por sus emociones líquidas, se escondía tras un vidrio con agua de lluvia. Juana limpió sus ojos, abrió la puerta y bajó del auto.
–Pero mi coche, no podemos dejarlo aquí.
-Claro que podemos, no hay ningún problema- dijo Marcelo mientras se acercaba para tomarla del brazo y conducirla hasta su auto. –Entra, mañana vienes por él, hoy quédate con nosotros, te necesitamos. 
Juana accedió un poco dudosa, subió al asiento del copiloto y la hija en los asientos traseros. Se dirigían al salón de fiestas, una especie de jardín que, por estar techado, dio buen cobijo de las gotas que aún escurrían desde los arboles. Aparcó el coche a las afueras del lugar, bajaron y  entraron tranquilamente por la puerta principal, que era un poco más grande que la de la iglesia. Los meseros los ubicaron en su mesa, se sentaron y  sirvieron un poco de refresco de cola mientras los invitados seguían llegando. Esperaban a que la novia llegara: les urgía comer algo, esa su verdadera desesperación. "Enseguida vuelvo", dijo Juana a Marcelo y a su hija, al tiempo que se levantaba de su asiento y se dirigía a la mesa de regalos, donde ya se encontraba su mamá, una mujer delgada pero de edad muy avanzada, cabello totalmente blanco y vestida de colores vino. 
"¡Ximena!", le gritó Juana tomándola del brazo. La anciana volteo sorprendida y dijo "Viniste, es una lástima que solo estés con nosotros cuando de fiestas se trata". "No vine hablar de eso, Ximena", hacía ya bastante tiempo que Juana había dejado de llamarle mamá. "Dime quién invitó a Marcelo y por qué lo han hecho. ¿No les he contado ya del daño que me hizo, a caso desean verme sufrir, estar al borde de la muerte como lo estuve alguna vez?, esto es ilógico, es tonto, es la boda de tu hija, de mi hermana y  la arruinas", la pobre anciana, que había dejado de acomodar los regalos, se recargó sobre el respaldo de una silla y dijo "También es el padre de mi nieta y yo decido a quién invitar y a quién no. Busca algo con que entretenerte, hija mía. Ya no puedo con tus exageraciones". Parecía que lagrimas iban a brotarle a la anciana, pero se retiró con rumbo a la cocina antes de que alguien pudiera ser testigo de cómo el maquillaje, tan elaborado, se le corría por el llanto. 
Juana iba a regresar a su mesa cuando la música del recinto comenzó a sonar por la llegada de los novios. La gente de pie, aplaudiendo. la mujer de blanco en brazos del caballero con el traje más elegante del lugar, los fuegos artificiales iluminando el cielo que de gris cambiaba a un azul oscuro. Imaginemos el gozo de los que, sin importar las barreras, deciden unir sus vidas. Ahora en un caso sencillo por ser aceptados por la sociedad, pero vayamos más allá y visualicemos la dicha de quienes lo han vencido todo, de quienes dejan la existencia con tal de vivir. Juana fue la primera en felicitarlos, abrazó fuertemente a su hermana y al oído le susurró "suerte".



La botella de tequila en la mesa casi se acaba, la comida, el vals, el pastel y todas las tradiciones de una boda mexicana contemporánea habían terminado, sólo quedaba la música idónea para bailar en pareja, los invitados todavía entusiasmados danzaban una tras otra las pistas musicales que la cabina encargada del audio reproducía. Marcelo se acercó a la silla de Juana y le pidió que bailaran. Ambos, ebrios de desamor intensificado por el alcohol, se levantaron de sus asientos y se acercaron a la pista. La hija desaparecida entre sus amigas se perdió el momento que quizás anhelaba ver. La canción era una salsa bastante delicada que jugaba con los latidos del corazón de los desilusionados. "Me enteré de tus intentos por conseguir novio", dijo Marcelo mientras la tomaba por la cintura y bailaba de manera elegante, la pobre mujer trataba de esconder su nerviosismo sin decir una sola palabra. "Ninguno te hizo caso, ¿cierto?", agregó acercándose al oído de Juana. "Te dije que los hombres somos unos cabrones: sólo nos importa coger gratis, de otra formas nos iríamos con putas". Juana soltó bruscamente al hombre que le decía tan hirientes palabras y regresó hasta la mesa donde se encontraba, tomó su bolso que descansaba en el respaldo de la silla y salió del lugar enjugando sus lagrimas, las lagrimas de él, las de su hija, las de ellos con las manos.



Para escapar de su tormento, decidió darle la espalda a sus problemas: huir de la realidad y refugiarse en casa, esperando que la vida le otorgara un perdón que ni siquiera se había atrevido a pedir. Tomó un taxi: "A la calle Rubén Darío, por favor".



Entró en su departamento, despojándose de  zapatillas, bolso, abrigo y demás. Encendió la luz. Corrió hasta su habitación que había quedado con la puerta entreabierta y entró a oscuras. Caminó hasta su cama, para después dejarse caer sobre ella. Con movimientos desesperados comenzó a sacarse el vestido que, al ser forzado, se atoró entre unos de los tirantes del sostén. Desesperada, jaló con mayor intensidad, haciendo que la tela de oro se rompiera, llevándose consigo también la ropa interior. El llanto de Juana se incrementó, ahora parecía un grito del que surgían todos los malos momentos que no quiso olvidar con tal de aprender a partir de sus errores. "¡Maldito seas, pendejo! ¡Púdrete en el infierno hijo de puta! Siempre supe que eras un imbécil", le reclamaba la doliente mujer a las 4 paredes que la rodeaban, a la oscuridad de su habitación, al silencio que cobra venganza. 
De pronto, le pareció ver la silueta de alguien entrando por la puerta, parecía la figura de una niña de muy corta edad. Asustada se encogió en posición fetal, paró de llorar, hizo silencio, el corazón le palpitaba y un sudor frio recorría su cuerpo. La silueta se movía de atrás hacia delante; la imagen que describía era terrorífica. Juana creía estar soñando, es verdad que había bebido un poco, pero noches antes la misma silueta había aparecido en el mismo lugar. Se cubrió todo el cuerpo hasta la cabeza con la sabana extendida sobre el colchón, dentro de la capa que pretendía servirle como refugio de los que dicen que al no ver no sienten, ella mantenía los ojos abiertos, temblando por lo desconocido. De repente, alguien encendió la luz en la habitación, su corazón enloqueció. "Quizás sea Marcelo", pensó. A punto estaba de destaparse la cara cuando sintió una mano fría tocando sus pies; se arrepintió de continuar y apretó los puños contra la boca para no gritar. La luz se volvió a apagar. Juana quería salir corriendo. Trató de tranquilizarse pero el intento fue vano. Creyó que si tal vez corría hasta el interruptor y encendía la luz todo se calmaría: así pasa cuando el temor por lo aparentemente inexistente le gana a lo real. Estaba decidida, lo haría rápido, encendería la luz. Se destapó la cara y, de inmediato, la luz se encendió. Cerca del interruptor no había una niña, sino un ser escalofriante que, intentando parecerse a un humano, llevaba puestos zapatos con tacones muy altos, cabellos mal pegados en el cráneo sangrante, ojos desorbitados, manos con tres dedos en cada muñeca y uñas largas; emitía un sonido parecido al ulular de los búhos combinado con el mugido de las vacas cuando son sacrificadas. Juana no pudo más, salió gritando de la habitación casi desnuda, se dirigía a la puerta principal cuando tropezó con una de las zapatillas que se había quitado a la entrada, cayó golpeándose la cabeza: quedó inconsciente.



La luz del sol entraba por la ventana del comedor, frente al cual la mujer regresaba en sí. Recordó lo triste del día anterior, las palabras del falso ignorante, de la superficial madre, de la hija pendiente y de ella, sólo de ella. Pasaron más cosas por su mente, como el hecho de tener que ir a trabajar al día siguiente; se reclamó por no haber terminado la secundaria y luego se arrepintió de su reclamo al pensar en su hija, de la que, por cierto, no sabía nada desde ayer. Se incorporó lentamente, fue hasta al baño donde se lavo el rostro, buscó unas sandalias debajo de su cama, abrió el cajón de su buro para sacar una aspirina, vio el libro incompleto, se calzó la sandalias, tomó el libro, fue por su bolso que se encontraba en el suelo junto a una maceta de sábila, lo recogió y salió. Caminó hasta donde había dejado el auto el día anterior. Ya dentro del vehículo pensaba en las disculpas que le ofrecería a su hermana por haberse ido sin despedirse y a su hija por abandonarle la noche que desde hace ya tiempo habían acordado pasarían juntas. Encendió el radio, “La última canción” de Paulo Sergio se escuchaba en la estación sintonizada, parecía que el corazón se le desgarraba. Encendió con rumbo a casa de su madre. Llegó a la primera avenida, el semáforo en rojo, esperó pacientemente a que el color cambiara a verde, aunque no pasaban vehículos de manera perpendicular. Disco verde, Juana avanzó. “Esta es la última canción que escribo para ti, me cansé de vivir sin sentido, de pensar sólo en ti. Si mañana me encuentras, tal vez, yendo con otra y tú me ves, haz de la cuenta que para ti, no soy aquel…”, decía la canción en la radio. De pronto, sin atisbar la muerte, un automóvil se estrelló contra la puerta derecha del tsuru blanco. El golpe fue tan fuerte que la pobre mujer salió disparada por la puerta contraria. Del otro auto no se lograba ver más allá del parabrisas impactado y salpicado de sangre. Sobre el asfalto el cuerpo de Juana yace inmóvil, su bolso cerca de sus pies y decenas de páginas esparcidas junto a la portada “El amor en los tiempos del cólera”. No había nadie a la periferia que se acercara para ofrecer ayuda y la radio continuaba sonando “…y ahora tu que me hiciste llorar tendrás que recordar que fui tuyo en el alma y perdiste tu oportunidad. Las canciones tan lindas de amor que escribí para ti, pensando en ti. Confieso que cuáles de aquellas ya no escucharas. Ya mañana sé que esta canción tendrás que escuchar en la radio sonar…”.



En el norte de Veracruz se decía que, por las noches, un pequeño duende invitaba a las niñas a jugar por el campo. Ellas, cansadas debido al trabajo diario del que tenían que sufrir para alcanzar la vida, aceptaban gustosas la oferta. El duende las guiaba por caminos que nunca antes habían visto; caminaban por un largo sendero lleno de frutas que las niñas recogían y envolvían en sus blusas. Las madres, que en sus labores estaban pendientes, olvidaban la hora, hasta que, llegada la noche, la ausencia se les venía en mente. Entonces corrían a buscar sus hijas perdidas acompañadas con grandes multitudes de antorcha en mano. Las encontraban ya casi al amanecer, cuando el rio recuperaba su claridad y, a un lado de él, las pobres mujercitas muertas, con una sonrisa en los labios y la blusa abastecida en tierra. Sucedió en muchas ocasiones, con el tiempo pasó a ser sólo un rumor que el viento traía de vez en cuando. Después mandaron a poner electricidad en el pueblo y todo se olvidó. Cuando apagues la luz.