
Subo al autobús más aprisa que en otras ocasiones debido a la creciente lluvia de un extraño invierno. Pago el pasaje a proporción de la distancia a la que me dirijo; le entrego el dinero al conductor y, es entonces cuando veo ese hermoso rostro que, un poco enajenado por los dos pesos con cincuenta centavos que le doy, emite la pregunta "¿hasta dónde viajará?" . "Hasta la estación del tren", le digo, me sonríe y deja caer sus párpados para descansar sus ojos del aire de la ciudad. Sus pestañas enchinadas rozan superior e inferior. El ruido del motor aumenta y emprende el camino, no puedo dejarle de mirar: un gorro de franela roja cubre su cabello casi dorado, su voz canta melodías casi impropias emitidas por la radio a un volumen medio. tal parece que nada le aflige: sólo recorre el trayecto que le da vida. Llego a la estación del tren, bajo del autobús.
